domingo, 7 de septiembre de 2008

Características de la filosofía moderna

La filosofía moderna puede ser caracterizada como una filosofía que hace del sujeto y de la subjetividad su centro de reflexión y de interés. Esta afirmación constituye una de las tesis centrales, o mejor dicho, un punto de vista jamás abandonado por la filosofía moderna. Se podría decir que a medida que avanza la Modernidad esta idea es cada vez más explicitada y se extraen de ella consecuencias culturales y filosóficas sin precedentes en la cultura occidental. De hecho, ya sea el racionalismo que se desarrolló sobre todo en Europa continental, como el empirismo cultivado de modo principal por filósofos británicos, tienen esta raíz común, es decir el punto de vista del sujeto como temática filosófica radical. Esta dimensión común no significa, sin embargo, que racionalismo y empirismo se reduzcan a ser filosofías del sujeto; tampoco se puede afirmar que uno y otro sean dos aspectos de una misma filosofía. Racionalismo y empirismo son diversos en razón de sus desarrollos teóricos y de las tesis que se derivan del uno y del otro. También difieren en algunos intereses filosóficos, aunque ambas escuelas terminarán por dar lugar, a finales del siglo XVIII, a una síntesis de notable profundidad especulativa como es la de Kant.

El siglo XVII es el siglo de Descartes y de Bacon, pero también es el siglo de Galileo. Para esta época, la ciencia moderna comienza a tener una importancia suficiente como para dar un sello característico al periodo que estamos estudiando. El descubrimiento del método matemático aplicable al estudio de la naturaleza está en sintonía con el espíritu de la época. La filosofía racionalista crece y se desarrolla fundamentalmente dentro de un espíritu sistemático, y, como tal, análogo al método matemático; por su parte, la filosofía empirista pone el acento de su investigación en la observación de los datos de hecho. Estos dos aspectos son también momentos de la ciencia empírica: sistema, método, observación, experiencia. Por este motivo, el diálogo entre la filosofía y la ciencia tiene una intensidad notable, y se produce un intercambio constante de tesis referidas sobre todo al mundo de la naturaleza y al conocimiento humano.

Otro elemento constitutivo de la filosofía de este periodo es el interés religioso que muestran los distintos filósofos de estos siglos. Así como es difícil encontrar entre la Edad Media y la Modernidad un punto cronológico en el que se pueda comprobar la ruptura que indica el cambio de época, y en cambio es fácil observar una clara continuidad de elementos históricos, filosóficos y culturales, también se puede afirmar que el interés teológico medieval no desaparece con la llegada de la Modernidad. Lo que hay es un cambio de perspectiva, pero no un olvido. Autores como Descartes, Pascal, Malebranche, Spinoza y Leibniz son pensadores en el que el problema de Dios se presenta cor¬una fuerza notable y encuentra en ellos una expresión especulativa importante. El pensamiento empirista inglés es en general menos metafísico, y por ende el problema de Dios aparece desde una óptica diversa, aunque está también presente. Serán otros movimientos culturales, como el libertinismo y algunas corrientes de la Ilustración, los que se calificarán de ateos. Pero lo que está claro es que la filosofía moderna no se identifica tout court ni con el libertinismo ni con el ateísmo de algunas corrientes de la Ilustración.

La filosofía política presenta también un campo en el que la filosofía moderna ha aportado grandes novedades. Una de las nociones centrales que vemos aparecer en diversos autores -ya hemos visto el caso de Hobbes- es la del contrato social. Tal noción manifiesta la búsqueda de un principio dinámico de organización de la sociedad, y por otro lado hace patente una antropología que refleja una concepción del hombre tendencialmente individualista, coherente con la conciencia moderna de la autonomía de lo humano. En este periodo se consolidan los estados modernos, las monarquías absolutas encontrarán su fin después de los acontecimientos revolucionarios, y nacerán las primeras formas de democracia moderna. Estas primeras formas de democracia tendrán una inspiración fuertemente individualista. Junto con los primeros pasos de la teoría del contrato social nace, en el siglo XVII, la cuestión de la tolerancia: se trata, en realidad, de una cuestión político-religiosa debida a la presencia en el ámbito geográfico europeo de religiones distintas. Hasta inicios del siglo XVI la única religión existente en Europa occidental era el catolicismo; a partir de la reforma luterana y calvinista y del cisma anglicano, aparece el problema de la coexistencia de creencias religiosas diversas: las guerras de religión crean una situación política que lleva a algunos pen¬sadores a proponer la tolerancia como una forma de convivencia pacífica.

Las dos corrientes filosóficas más importantes de los siglos XVII y XVIII son el racionalismo continental y el empirismo británico. Ambas corrientes ponen al sujeto cognoscente en el centro de la especulación filosófica. En este sentido, el racionalismo y el empirismo son corrientes de pensamiento esencialente modernas, si bien como actitudes intelectuales son constantes a lo largo de la historia de la filosofía occidental. Las diferencias entre una y otra son de carácter metafísico y gnoseológ ico. Sin embargo, racionalismo y empirismo no constituyen fronteras insuperables. En Hobbes, por ejemplo, encontramos un vas acto uso del método de Galileo, Locke recibe el influjo de Descartes, Berkeley el de Malebranche.

El racionalismo desarrolla una auténtica metafísica, que en buena medida se relaciona con la gran tradición metafísica antigua y medieval. No se trata de una simple continuidad, sino de un nuevo intento de comprensión del hombre, del mundo y de Dios. El punto de partida cartesiano, es decir el cogito, constituye también un punto de vista metafísico. Después de Descartes, con Malebranche, Spinoza y Leibniz, la filosofía tiene una plataforma común, es decir la temática cartesiana. La búsqueda de la certeza, las ideas claras y distintas, los problemas derivados de la separación de la sustancia extensa y pensante, serán los temas más característicos del desarrollo metafísico racionalista. Además de lo que acabamos de señalar, hay que añadir que Descartes es en cierto sentido el creador -con algunos precedentes en la escolástica del siglo XVI- del espíritu de sistema que recorrerá toda la metafísica moderna: la verdad como coherencia lógica, método deductivo y matemático, claridad y distinción, unidad, son conceptos básicos que forman parte de la idea de sistema filosófico. Y junto a esto, un cierto desprecio y distanciamiento de la experiencia vivida y de la experiencia sensible; el metafísico racionalista es más deductivo que observador, le interesan más las definiciones exactas y precisas que la descripción del fenómeno real.

El empirismo, en cambio, se interesa no tanto de los problemas metafísicos clásicos, sino de los problemas gnoseológicos, aunque comparte con los racionalistas la búsqueda de la certeza. El primer problema que se plantea el filósofo empirista no es el del ser, sino el de como a partir de la experiencia se puede llegar al conocimiento de la realidad. Esta investigación es realizada con un gran espíritu analítico, que tiene como objeto la experiencia humana del conocer y de la afectividad. De todas maneras, la filosofía empirista queda siempre ligada a un tipo de experiencia, o sea a la sensible, en cuanto que considera que toda idea debe apoyarse siempre en un dato sensible. Con este planteamiento desaparece la consideración de la dimensión metafísica de la ca¬pacidad intelectual, en cuanto toda abstracción es juzgada por el empirismo como un mero producto de la imaginación separada de la experiencia. Las ideas empiristas, que no son sino imágenes, representaciones o reflejos del fenómeno sensible, son siempre particulares. La universalidad -los empiristas prefieren hablar más bien de generalidad-, coherentemente con el nominalismo que se encuentra en la base del empirismo, es la propia de los nombres, de los términos, pero nunca de las ideas o conceptos. Lógicamente, el método de los empiristas no podrá ser el mismo que el de los racionalistas. En vez de deducción matemática, el empirismo sostiene que la inducción es el método científico y filosófico privilegiado. Si, por lo tanto, el racionalismo posee un claro espíritu de sistema, el empirismo tiene un espíritu analítico y observador de la experiencia y de sus presupuestos gnoseológicos.

El empirismo emprende la tarea de juzgar la capacidad cognoscitiva del hombre a partir de una concepción reduccionista de la misma experiencia cognoscitiva. Este intento queda como una posibilidad teórica que será retomada por Kant. Por su parte, el racionalismo metafísico, en oposición al empirismo, presupone que la capacidad cognoscitiva humana es apta para conocer la verdad objetiva en modo deductivo, sin poner en discusión su propia racionalidad. Esta actitud teórica le valió el nombre de dogmatismo metafísico.

La artificiosidad de los sistemas racionalistas, la falta de contacto con la experiencia sensible, el atenerse a las definiciones arbitrarias más que a la realidad propuesta por el sentido común, todos estos elementos serán objeto de la crítica de los ilustrados. Sobre todo Condillac y Voltaire acusarán al racionalismo de ser una construcción imaginaria y artificial. La Ilustración del siglo XVIII mirará más bien, aunque no únicamente, hacia la filosofía británica de corte empirista. Pero esta dirección del pensamiento terminaba en el escepticismo: la metafísica como conocimiento último de la realidad de las cosas será sólo una quimera; la teología como ciencia, una contradicción; la moral objetiva se convertirá en una ética hedonista y utilitarista.